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“Jesús Manantial de Amor”. Óleo/lienzo, 195 x 300 cm. Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1901. Museo del Prado, depositado en
la Embajada de España en Lisboa (Portugal).
“Sobre mí está el Espíritu del Señor. Él me ungió y su rumor bastaba para alumbrar las almas.
para esta Buena Nueva llevársela a los pobres; Y aquel agua surtía como hontanar de gracia,
sanar a los que tienen sus corazones rotos, manando entre las piedras, bautismal y purísima,
anunciar al cautivo su libertad; a los ciegos un manantial sonoro que nunca se cegaba
que ellos verán un día y tendrán nuevos ojos; e iluminaba el mundo con el fulgor del agua,
la libertad a tornarle de nuevo al oprimido, bajo aquel sol que hacía más clara la mañana,
y anunciarles un año de gracia del Señor” aquel sol de justicia y amor que no cesaban
a todos los que vagan buscando una señal, de manar y manar igual que su palabra
pues “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, del hontanar clarísimo que le surgía del pecho,
como anunciado estaba por voz de los profetas. y arroyos de agua viva surtían de su palabra,
surtían de su costado y todas sus heridas,
Y un rumor de agua clara bañó la sequedad; y todos los que ungíamos los labios de esas aguas
un manantial de amor que comenzó a fluir; ya no volvimos nunca a sentir más la sed.
su agua era fresca y viva igual que una sonrisa
que aplacara el dolor, llegaba hasta muy hondo, * * *
y lavaba los ojos de todas sus escamas, Pero un día llegó que aquel hombre, que hizo
y limpiaba las almas de tanto polvo y hiel; de gestos y palabras una fuente de amor
tan ricos de alegría por aquellas palabras con que calmar las ansias de todos los mortales,
que nos hacían ser uno con todos los sedientos dijo desde aquel árbol florecido de sangre,
y sentirnos hermanos de todos cuantos iban en la hora más amarga:”Tengo sed”, y nosotros
bebiendo aquellas aguas con sus labios resecos, —¡ay míseros!— le dimos a cambio de sus aguas,
libertos con los que iban rompiendo sus cadenas, alzada en una caña, nada más que una esponja,
y sentir como propias y nuestras las heridas que una esponja empapada —oh trueque miserable—
que con sus claras linfas lavaban sus palabras, de hieles y vinagre para aplacar su sed.
y de pronto tan puros como el rostro de un niño.
Y en vinagre y acíbar trocamos aquel agua
Y en torno a aquella fuente tan primordial y diáfana, pura de sus palabras, que nos abrían un mundo;
de aguas de primavera, primavera del alma, que así pagan los hombres con desdén y silencio
hacíase un aleteo de trinos la mañana, al que su vida ofrece por quitarnos la sed.
jubilosa de arpegios, de espumas y campanas,
y arroyos de agua viva la tierra fecundaban, Carlos Clementson
Universidad de Córdoba
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J . G a r n e l o n º 2
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