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LA REVISTA DEL I.E.S. FCO. DE GOYA
“No le he mirado a la cara, no me he encontrado con su rostro. La tentación de la negación total, que
mide lo infinito de esta tentativa y su imposibilidad, es la presencia del rostro. Estar cara a cara es no
poder matar”.
La empatía, la superioridad moral que da el elegir no hacer mal al otro, aún pudiendo, se produce según
E. L. “ por una inversión del en sí y del parasí, de cada uno en un yo ético”, en la prioridad del para otro,
en la llamada por él“ inversión radical que se produce en lo que llamaos encuentro con el rostro del otro”(a
mí me parece todo esto una inversión o cambio realmente interesante y no el del programa de la tele, si
sólo se cambia por fuera, el rostro y no se origina desde lo interno, el rostro se ha esperpentizado, ¿a
quien representa,… al cirujano? es su obra). ¡Qué fácil es en las guerras tirar al vacío bombas cundo no
se encara uno, cuando no mira al otro, a sus ojos, a su rostro!
Leer sus ideas sobre el rostro y cómo éste detiene la violencia inicial que preside las relaciones ético-
sociales, es fascinante. En “Espíritu y violencia” de su libro Difícil libertad:
“Es violenta toda acción en la que uno actúa como si estuviese solo: como si el resto del universo no
estuviese ahí, sino para recibir la acción; es violenta, consecuentemente también, toda acción que nosotros
sufrimos sin colaborar en nada con ella.
Casi toda causalidad es, en este sentido, violenta: la fabricación de una cosa, la satisfacción de una
necesidad, el deseo e incluso el conocimiento de un objeto. La lucha y la guerra también, ya que el otro
es buscado en la debilidad que traiciona a su persona. Pero la violencia se encuentra además, y en gran
medida, en el delirio poético y en el entusiasmo en los que nos limitamos a ofrecerle una boca a la musa
que se posesiona de ella para hablar; en el temor y en el temblor en los que lo Sagrado nos saca de nosotros
mismos; se encuentra en la pasión, aunque sea amorosa, que marca nuestro costado con la herida de una
flecha pérfida.
Pero, ¿es posible una causa sin violencia? ¿Quién es capaz de recibir sin ser golpeado (sans être
choqué)? Que los místicos se queden tranquilos: nada le puede chocar (choquer) a una razón. La razón
colabora con aquello que entiende. El lenguaje actúa sin ser padecido, incluso cuando es vehículo de una
orden. Razón y lenguaje son exteriores a la violencia. ¡Ellos son el orden espiritual! Y si la moral debe excluir
verdaderamente la violencia, es necesario que un nexo profundo mantenga unidos razón, lenguaje y moral.
Y si la religión coincide con la vida espiritual es necesario que la religión sea esencialmente ética.”.
“El otro es el único ser al que yo puedo estar tentado de matar. La tentación de asesinar y la
imposibilidad de hacerlo constituyen la visión misma del rostro. Ver un rostro es ya escuchar “no matarás”,
y escuchar no matarás es escuchar “justicia social”.Y todo lo que yo pueda escuchar acerca de Dios, que
es invisible, debe llegarme con la misma voz.”
La visión del rostro, en donde se articula el “No matarás”, es lo único que no se deja recuperar como
satisfacción resultante, ni como experiencia de un obstáculo demasiado grande que se ofreciese a nuestro
poder. Pues, en realidad, el homicidio es posible. Pero es posible cuando uno no ha mirado al otro de cara.
La imposibilidad de matar no es real, es moral. El hecho de que la visión del rostro no sea una experiencia,
sino una salida de sí, un contacto con otro ser, y no simple sensación de sí, está atestiguado en el carácter
“puramente moral” de esa imposibilidad. La mirada moral mide,
en el rostro del otro, el infinito infranqueable en el que se
aventura y zozobra la intención homicida. El rostro nos conduce
a otro sitio que no es ni experiencia ni mirada. Sólo a la mirada
moral le es dado el infinito, que no es conocido, sino que es y
está en sociedad con nosotros. El comercio con los seres que
comienza con el “No matarás” no retorna al punto de partida
mudándose en contentamiento, gozo de sí, conocimiento de sí.
Él es el que inaugura la marcha espiritual del hombre”.
Mª Teresa Puerta
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