muchachas en sus domicilios, antes de las diez. A continuación, todos “los poyillos” (como
decía el inolvidable don Manuel Cruz Saavedra, “maestro de maestros”), entre los que nos
encontrábamos Ángel Trujillo, Facundo Moreno, Hernán Bolaños, Juan Rodríguez, Juan
Moreno, Miguel y Paco Rodríguez, Pedro Ramos, Roberto Tacoronte, Vicentito
Hernández, Ramón Medina y otros que no recuerdo, nos reuníamos en el frontis de la
Iglesia a contar nuestras aventuras, que incluían hasta dónde habían llegado nuestras
manos: no recuerdo que ninguno dijera que había alcanzado por encima de los codos.
Por fortuna, la tienda de Bartolito el del molino, mi suegro, no tenía ventanas, y me libré
de montar guardia junto a la misma, como exigía la costumbre.
Con ella, después del servicio militar, contraje matrimonio, oficiado por nuestro
inolvidable don Abraham González Arencibia, Hijo Adoptivo de nuestra ciudad. Aún
permanece en mis oídos la música celestial de los mil quinientos tubos del monumental
órgano de nuestro Templo, del que se creía que iba con destino a Cuba.
Sorprendentemente, en la última restauración, el artífice y amigo Andrea Fuchs de la casa
Grenzing, comprobó que en uno de sus tubos aparecía la inscripción de Iglesia de Gáldar,
como es costumbre del fabricante. Recuerdo que, de pequeño, se escuchaba desde La
Oficina, siendo la señal para que la chiquillería corriera Calle Larga arriba a presenciar las
bodas.
TERPSíCORE, MUSA DE LA DANZA
Es Terpsícore la Musa que deleita en la danza, propia para acompañar en el baile
a los coros de danzantes. Y también se la considera como la Musa del canto coral.
Representa a la joven esbelta, con aire jovial y de actitud ligera. Guirnaldas de flores
forman su corona y en sus manos lleva una lira.
Eva, mi Musa de la Danza, actualmente ejerce su hermosa profesión entre libros.
Me trae al recuerdo aquellos espectáculos que celebrábamos en La Montaña, cuando
hacía sus pinitos en la propia iglesia, interpretando La muerte del cisne, acompañada al
piano por el entrañable José Mauricio Ojeda, gran colaborador en aquellos tiempos.
Nuestra única aportación era el traslado del piano; todo lo demás corría de su cuenta, en
muchas ocasiones acompañado a la trompeta por Ángel Talí. Nadie recibía
contraprestación económica: ver la ermita llena de gente era el mejor pago.
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