círculo que se forma en medio entre los parterres y los árboles. Era “la vuelta para buscar
novios”. Yo hacía lo mismo en sentido contrario, el de las agujas del reloj. Nos cruzamos
las miradas, le hice un guiño de ojos y, a la otra vuelta, ya se desplazaba por la orilla. Con
mucha timidez me acerqué y le pregunté: “¿Me dejas dar una vueltita?” Me dijo que sí. Al
siguiente domingo, ya no hicieron falta señas algunas. Así sucedió durante unos tres
domingos: pasé la prueba. Luego vinieron los paseos por la “vuelta de fuera”, donde
estaba la gramola. Después, nos apoyábamos juntos en los árboles y nos sentábamos
solos en un banco, donde yo colocaba un pañuelo blanco en sus rodillas para evitar las
miradas curiosas. Al poco tiempo ya íbamos con otras parejas a tomarnos los refrescos al
bar de Domingo Velázquez, o a “La Rosa” para endulzar nuestros sentimientos. Luego,
los meses de noviazgo.
Recuerdo el horario para salir con ella. Tratándose de “parejas consolidadas”,
podías ir a buscarla y recogerla en solitario, pero “la entrega” no era igual, pues debía
efectuarse en compañía de alguien mayor. La hora de “recogida” caía hacia las cinco y
media o seis de la tarde, sólo los domingos y festivos; posteriormente, también los jueves.
Estábamos en la plaza hasta las siete menos cuarto, “la hora del cine”. En el “Guaires”,
veíamos cualquier película; no importaba que fuese buena o mala, sino que estuviéramos
a solas. Antes de empezar la función, nos quedábamos extasiados oyendo la canción de
Billy Cafaro “Marcianita” que aún permanece en nuestros oídos: Marcianita, blanca o
negra, espigada, pequeña, gordita, delgada, serás mi amor. La distancia nos acerca, y en
el año setenta felices seremos los dos. Al noticiario del “Nodo”, le seguía el gruñido del
“León de la Metro”. Sentados junto a 866 personas más, en casi hora y media de
oscuridad, disfrutábamos una barbaridad. Sólo con tocarnos las manos teníamos bastante
para toda la semana. Debíamos tener cuidado con “Chanito el de la Escuela” (don
Sebastián Monzón Diepa), que también oficiaba como acomodador. La proximidad del
foco de su linterna por el pasillo bastaba para hacernos soltar las manos y colocarnos
rígidos en la butaca mirando hacia la pantalla.
Compartíamos las aventuras con Henry Fonda, Alan Ladd, y las “estrellas”
españolas como Marujita Díaz o Rocío Durcal, además de –cuando lográbamos colarnos
simulando que éramos mayores- las películas más “peligrosas” de Sara Montiel y Gina
Lollobrígida, olvidando el 3 ó el 3R. No pudimos ver ninguna de las que empezaron a
venir marcadas con el 4.
Nada más dar las nueve y media en los relojes del templo, había que congregarse
en los lugares designados para la “la recogida”, previa a la procesión de entrega de las
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