y reyes que contemplen esta escena pomposa
--William Shakespeare, prólogo de “Enrique V”
¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme!
¡Oh memoria que apunta lo que vi,
ahora se verá tu auténtica nobleza!
--Dante, La Divina Comedia, Infierno II
HESTIA, DIOSA DEL HOGAR
Es mi diosa del hogar. Quiero que sirva de símbolo de todas las diosas de nuestro
pueblo, las que nos dan el fuego, las que nos dan el calor y la vida en nuestra familia.
Como madre, eres la inventora del arte de construir familias y eres la protectora de los
sentimientos más íntimos y tradicionales. De ti ha dependido la felicidad conyugal y la
armonía de nuestra familia. De ti, por lo tanto, depende la felicidad de los miembros de la
casa.
Tengo la gran fortuna de tener como esposa y madre de mis cinco hijas, a aquella
joven que, aún no cumplidos sus quince años, paseaba por nuestra Plaza de Santiago,
¡Qué paseos aquellos, entre los hermosos jardines! Las grandes araucarias (conocidas
como “los pinos de la Plaza”) ya sobrepasan la altura de las torres de nuestro Templo. De
sus ramas, formadas a su vez de otras más pequeñas, hacíamos nuestras particulares
“varillas” o “rebenques” quizás para imitar al inolvidable “Silvestrito el guardia” (don
Silvestre Moreno Yánez). Estas ramitas, siempre presentes sobre las baldosas de la
plaza, nos servían para “calmar los nervios” mientras buscábamos novia, o bien cuando
hablábamos con ella. Inconscientemente, las cogíamos del suelo y empezábamos a
“desgranarlas”; cuando terminábamos, volvíamos a coger otra y repetíamos el rito. Al
proceder, en el colmo de la angustia, a alguna declaración, jugábamos con ellas como si
de pelotas se tratase. Yo creo que todos los niños y niñas de nuestro municipio han
jugado al mismo juego; seguimos hoy viendo recolectar las ramitas, amontonarlas en el
pecho y, cuando se cuenta con un buen “puño”, tirarlas al compañero desde detrás de los
árboles. Todos nosotros miramos en silencio y pensamos: “La historia se repite”.
Un domingo, elegante con mi traje de pantalón de campana, recién estrenado en
las Fiestas de Santiago, me acerqué a ella, cuando se encontraba entre otras dos
jóvenes, las tres con vestidos muy discretos y el rieguillo bien tapado, dando vueltas en el
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