Moreno junto al Casino, así como los berberechos con papas fritas y los apetitosos
chochos de Juan Díaz en la calle Guaires, sin olvidar cómo nos endulzaban los célebres
“trozos” de Paquito.
Eran los tiempos en los que con un duro se realizaba una gran compra en las
tiendas de Agustinita (en la que por dos perras nos despachaba chochos para todo el
día); Angelito Melián, Antoñito el Músico, Antoñito Estévez, Armandito Rodríguez, Benigno
y Valentín, Cristobita Vera, Eugenita Rodríguez, Fefita Guillén, Chano Reyes, Chanito
Rodríguez, Juanito el del Campo, Modestita, Panchito Pimpín, Pepito Molina, Severito
Mendoza y Margarita Rodríguez, conocida como “Margarita la de la tienda”, cuyo
comercio era el único donde se vendían los sombreros de hombre.
Al mismo gremio pertenecía Francisquita Calcines, la que en defensa de su
marido, el conocido poeta Domingo Velásquez, esgrimía aquella inolvidable y preciosa
frase: “Mi marido es mi marido, y no es marido de nadie, quien quiera tener marido, que
vaya a la iglesia y lo gane”. Fueron los padres de los conocidos Antonio y Diego, este
último gran rapsoda. Ambos hermanos, invariablemente, derramaban lágrimas en las
puertas del campo de fútbol de Barrial cuando perdía su equipo, el Unión Moral, conjunto
apodado “Los Niños de la Brillantina”, así como el Galdense “Los Pupules” y el San Isidro
“Los Ranos”.
Termino la relación de los tenderos con Torrito, a quien no podía excluir, al tratarse
del padre de uno de mis mejores amigos, Diego Calcines Molina. A Diego, precisamente,
debo la mayor parte de estos datos y anécdotas, como resultado de su absoluta
disposición a ayudar y apoyar a todo el que lo precise, reflejo del profundo compromiso
cristiano que ha sido toda su vida. Él mismo me ha indicado también que su abuela
paterna, vivía en Las Cuevas de La Audiencia, vendía cal y petróleo y hacía ropa de
hombre; se trataba de Antonia Vera, conocida por Antonia Rosa, única que hacía ropa de
hombre en el pueblo y que, cuando tomaba las medidas, hacía la clásica pregunta: “¿Para
qué lado carga?” Precisamente en Las Cuevas de La Audiencia se ubicó nuestro primer
Ayuntamiento, el Tagoror, donde se reunían nuestros ancianos aborígenes para tomar las
decisiones que afectaban a la ciudad. Verdaderamente es un lugar que estamos tardando
en recuperar.
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