UN PREGÓN
Creo, que no es necesario aclarar aquí lo que la Real Academia de la Lengua nos
dice de la palabra pregón, pues en anteriores ediciones se ha explicado ampliamente su
significado. No obstante sí quiero expresar lo que supone para mí y lo que entiendo que
debo hacer. He de anunciar, he de notificar la buena nueva de las fiestas, la diversión y la
alegría. Me gustaría ser como el clásico alguacil que veíamos en las películas, con cuerno
y pergamino en mano, montado a caballo, poniendo en conocimiento oficial de los
ciudadanos lo que acontecía en el pueblo, o también como nuestros pregoneros
tradicionales. Creo que está en la mente de todos el desaparecido “Pepito el Cañadulce”,
con su enorme bocina de lata galvanizada. Recuerdo cuando pasaba por mi casa, en la
calle Delgado. Enfrente, estaba la tienda de Panchito -la Tienda Nueva- y el Molino de los
López, de don Juan Ruiz y don Nicolás y don José López. Este último, a sus 96 años, aún
se pasea por allí y sigue contándome sus anécdotas. Tal vez se encuentre por aquí, o,
después de su diario paseo, esté acercándose a su casa, situada junto a su Cine Guaires,
pues también eran los dueños del local, hoy felizmente adquirido por nuestro
Ayuntamiento y denominado Centro Cultural Guaires. Como decía, recuerdo ver a Pepito,
con sus grandes boqueras, mirando el programa que a gran tamaño se colocaba en una
cartelera en la pared del molino, junto al pilar. Parecía que mientras anunciaba lo leía
(aunque ignoro si sabía o no leer) pues gesticulaba con sus enormes brazos apuntando
hacia arriba. Le teníamos que escuchar con mucha atención, pues con frecuencia
mezclaba el anuncio de las películas proyectadas en el Cine Guaires con las del Cine de
Pepito Molina, hoy Teatro Municipal, y con las del Cine Hespérides de Guía; incluso,
cuando coincidía, con las atracciones del “Circo Toti”. Afortunadamente, entre anuncio y
anuncio se oían aquellos “¡Uh!, ¡uh!, ¡uh!” acompañados de varias vueltas sobre sí mismo
y un redoble de su viejo tambor. Todavía conservo algunos de los programas de tamaño
octavilla que nos repartía. Cuando terminaba de vociferar, empezaba a caminar con paso
militar camino abajo, y toda la chiquillería le acompañábamos hasta la esquina de
Dominguito Pérez, donde están nuestras tres Princesas. Allí, donde permanecía plantado
un rígido surtidor de gasoil de color amarillo, como si de una persona se tratara,
aprovechábamos la altura de los muros de la enorme y desaparecida acequia, que hoy
bien podría ser de gran valor etnográfico, para despedirle alegremente con gritos y
aplausos.
También hemos tenido a otros pregoneros naturales, como el Afilador, muy bien
encarnado hace unos años por la familia González Cáceres, en unión del inolvidable
Enriquito el Yerbero, a quienes se encargó un pregón de carnaval. Dicha familia de
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