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Pero he de resaltar que Pinito -quien más ha contactado con mi mujer y conmigo-
no se limita a esperar las fechas de las fiestas, sino que está todo el año ocupada en
toda clase de gestiones para la Asociación. Cuenta con el primer carné de la
Comisión de Festejos, extendido por el anterior presidente. Me ha entregado varias
fotografías antiguas destinadas a mi libro Las Vueltas de mi Plaza, para el que he
podido llevar a cabo numerosas entrevistas, gracias a su recomendación.
Aprovecho para agradecérselo públicamente.

En una de sus visitas, me anunció, con gran entusiasmo e ilusión, que esa tarde
empezarían en su entidad vecinal las clases de corte y confección impartidas por la
Universidad Popular. Tenía yo entonces en mi casa una interesante publicación de
Ricardo Reguera Ramírez, Las Indumentarias de Lanzarote; sin pensar si tenía la
posibilidad de encontrar otro, le dije:

- Tome Pinito, aquí tiene un buen regalo.

- ¡Qué bien! Esto lo pongo en la Asociación.

- No, Pinito Esto es para usted.

- No don Ángel, Yo lo pongo en la Asociación. Y ahora mismo se lo voy a enseñar
a Carmen la profesora.

- Bueno, Pinito. Usted siempre será la misma. ¡Haga lo que quiera!

Otro día, cuando le pregunté si había nacido en Cañada Honda, me indicó que
llegó aquí siendo una mocita de casi quince años. No habían entonces pedreras,
sino solamente tres convertidas en albercones con agua: las dos que están al final,
conocidas por “las de los Suárez” y la que está empezando el camino, “la de los
Guedes”. Su venida se debió su tío Juan Molina Aguiar, conocido por “Juan el
Brígido”, siendo un jovencito solía acudir con varios amigos a estos andurriales a
echar a volar las cometas. Tanto le gustaron la tranquilidad y las hermosas vistas,
que compró un solar y fabricó su casa. A esta casa llegó a vivir Pinito en torno al
año 1950.

Este relato me ha llevado a reflexionar sobre el gran interés que despertaría la
organización de un concurso de cometas en el marco de las fiestas del barrio, cuyo
nombre evocaría la memoria de Juan Molina Aguiar. Como sucede en las Fallas de
Valencia, la obra ganadora pasaría a engrosar una exposición. Una promoción
adecuada serviría para atraer muchos participantes. Antiguamente, para fabricar las
artesanías voladoras, solo contábamos con cañas, “hilocarreto”, papel y pieles de
papas o plátanos como adhesivos. Hoy, afortunadamente, podemos permitirnos
comprar pilas y bombillos, ante la posibilidad de vuelos nocturnos. Sería
maravilloso ver las luces en el cielo, confundidas con la de las estrellas. Ya le he
planteado esta idea a un vecino y conocido “cometero”, Manuel González Díaz,
que está dispuesto a colaborar para ponerla en práctica.
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