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profesión de su padre Manolo Román, uno de los primeros vecinos del sector, que
también formó parte del primer colectivo vecinal de La Montaña. Me decía José
Manuel que, en Cañada Honda, unos se despiertan con el canto del gallo y otros,
como él, con los balidos de las cabras. Lo dice porque su casa está situada frente a
la de Teodoro Monzón Jiménez, más conocido por “Teodoro el del Estiércol”, que
con su dignísima profesión y con la ayuda de su mujer, Carmen Viera Rodríguez,
ha sacado adelante a sus hijos Antonia, Teodoro, Nieves y Carmen Rosa, así como
a sus ocho nietos. Mi amigo el barbero y yo coincidimos en que es fiel ejemplo del
trabajador incansable; no de las pedreras, en este caso, aunque ocupa una de ellas:
“El Infierno Verde”. Es éste un apelativo que se ha vuelto muy oportuno, pues
Teodoro es hoy uno de los más destacados especialistas en el tratamiento del
estiércol ecológico, ya que se encarga de triturar todos los sobrantes de las podas
de la comarca. Me van a permitir que le dedique aún unos instantes. Siempre le
recuerdo al volante de un camión lleno de estiércol, aquel famoso Barreiros, de
matrícula GC. 48.222. En una ocasión, toda la barriada se llevó un gran susto,
cuando cayó al estanque un vehículo, creyendo todos erróneamente que iba dentro.
También se me representa en un furgón, tan lleno de pasto para el ganado que casi
no podía ver a través del parabrisas. Como reitero, es un gran exponente del
trabajador de La Montaña. No creo exagerar cuando afirmo que bien merece la
condecoración que, al día de hoy, sólo ostenta en nuestra ciudad otro Teodoro, en
este caso del Pino Jiménez, profesional de la madera: la medalla de plata al mérito
en el trabajo.

Me gustaría seguir hablando y citar a muchísimas personas más, que también lo
merecen, pero otros que me han precedido ya lo habrán hecho, con toda certeza.
Opino también que un pregón no debe ser algo exhaustivo. Sólo quiero –y espero
conseguirlo- añadir alguna que otra puntualización a los trabajos ya realizados.

Pero no me resisto a nombrar a los poetas de la barriada, a los que, sin pretenderlo,
he ido descubriendo con mis entrevistas a nuestros mayores para una investigación
que preparo. He conocido un hermoso trabajo, debido a la iniciativa de los
profesores de los Centros de Adultos galdenses. Quiero repetir una bonita frase
recogida en el mismo: Cuando una persona mayor muere, arde una biblioteca.
Una persona, un libro; todos ustedes, la mejor biblioteca del mundo.

En Cañada Honda, por ahora he podido admirar a Pinito Santana Molina, que ya
tiene una obra compuesta, que confío en ver pronto publicada. Junto a ella también
escriben Marianita López García, María Luisa Santana, Laudelina Monzón y
Venancio Guerra Sosa.

Entre mis grabaciones se encuentra la recogida a Marianita, que, con sus ochenta y
cuatro años, recita una cantidad considerable de oraciones. Voy a hacerles
partícipes de una de ellas, que habla de algo que aún permanece en la retina de
muchos de nosotros: me refiero a la visita del cura a los enfermos, para la que
recuerdo que se usaba frecuentemente el coche de Isidorito. La memoria de
Marianita, que alcanza mucho más atrás, ve llegar a pie al sacerdote, vestido de
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