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Entre ellos formaban grupos bajo la denominación de “cuadrillas”, que yo
suponía formadas por cuatro hombres. Pero, en realidad, sumaban tanto cuatro,
como cinco o hasta ocho. Entre ellos se repartían los encargos del pico, del sacho o
el rastrillo, de la cesta o baldes de hierro, de la barra o leva, de las cuñas, del
marrón, de las planchas, de la mandarria, de la escoda junto a la regla, etc. Todo
para sacar cantos de doce, quince o veinte centímetros...

Me contaba José Manuel Román, una simpática anécdota de Ramón Benítez Vega,
no muy dado a las cuentas. En cierta ocasión, al finalizar la jornada y recogiendo
las herramientas, Isidro Pérez Guillén le preguntó:

-Ramón, ¿recogiste las cuñas?

-Sí, Isidro.

-¿Cuántas hay?

-Están todas.

Yo recuerdo ver pasar a muchos de ellos, cargados de picos y escodas hacia la
herrería de Maestro Juan, otros se dirigían a la de Santiago Santana Flores y su
hijo, donde trabajaban Maestro Pedro y Pepe Guzmán.

De jóvenes, al llegar la época de montar los belenes, íbamos a las herrerías a
recoger los sobrantes del carbón, que frecuentemente formaban fantásticas figuras
y que utilizábamos para simular las montañas. Mientras esperábamos que se
enfriaran, veíamos fraguar las herraduras de varios caballos que esperaban
pacientes a ser herrados. También aquí se oían los “jipíos” de los herreros, que
coincidían con el sonido del yunque.

Donde actualmente está situada la hornacina de Santa Teresa, se encontraba la
pedrera donde hice mis primeros peninos como obrero. Duré muy poco, porque el
balde de hierro me pesaba más que el escombro que había dentro. Quizás coincidí
con los nietos de Agustín. Uno de ellos, Pepe el de Agustín, padre del actual
presidente de esta Asociación, era uno de los mejores labrantes de la época. Junto a
la imagen de la santa, también vemos hoy una plaza y una casa tapiada, que
esperamos fervorosamente sea pronto objeto, en unión de la pedrera vecina de un
acuerdo municipal de permuta.

La vivienda cerrada podría ser muy bien la “Casa del Pedrero”, un museo que se
podría sumar al de la Cueva Pintada, al de Antonio Padrón, al de Arte Sacro y a los
que se proyectan dedicados a Juan Borges Linares y al Molinero, ubicado este
último en el Paseo Bartolito el del Molino. A este respecto, debo manifestar que he
visto un letrero anunciando la venta de la casa donde se emplazaba el “Taller del
Rubio”; todavía estamos a tiempo de conseguir las instalaciones del molino de
agua que permanecen en sus sótanos. Cuando consigamos todos estos objetivos,
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