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al rodar con gran velocidad, convirtieron las faldas del monte en horrible
carnicería corriendo por sus flancos verdaderos arroyos de sangre.
Quizás por este motivo, los vecinos de esta Asociación tomaron la feliz iniciativa
de recurrir a al patronato de Santa Teresa de Jesús. Así se justifica que todos los
años, junto a Nuestra Señora de Fátima en La Montaña y Nuestra Señora del Mar
en Caleta de Arriba, estas laderas que vieron correr aquellos arroyos de sangre,
sean impregnadas por el agua bendita que se derrama en ellas y por el sagrado
incienso, durante las procesiones que se celebran en los meses de junio, agosto y
octubre de cada año en las que cientos de fieles ruegan a Dios por las almas de los
caídos, hermanos nuestros unos y otros.
Desde el mes de agosto de 1980 se encuentra la imagen de Nuestra Señora del
Mar, realizada en polvo de mármol y pasta de papel, en Caleta de Arriba,
bellamente entronizada en una barca obra del vecino de esta barriada Salvador
Martel Pérez, “Salvadorito” También se encuentra en una hornacina labrada por
nuestros canteros en los acantilados junto al mar, desde allí vela pacientemente por
todos los pescadores de esta Cañada: Juan Daniel Ortega, con sus hijos Manuel,
Domingo, Marcelo, Santiago, Juan y Estéban; Rafael Macías y Lorenza, con sus
hijos Domingo, Santiago, Juan, Antonio, Lorenzo, Pepe y Candelaria; Carmelita
Montesdeoca, Santiago y Paca.
Tres años más tarde, en 1983, llegaba la imagen de Santa Teresa a Cañada Honda.
Al igual que la de Caleta es del autor Juan Borges Linares, y se encuentra
bellamente esculpida en un tronco de eucalipto rojo de ciento treinta kilos. Creo
recordar que Antonio Sosa Perdomo, fue quien la trasladó hasta la Iglesia de La
Montaña para recibir la bendición. Fue apadrinada por don Damián Martín y su
señora. Quien guarda un recuerdo marcado de este día es Juan José Montesdeoca
Suárez, al que un volador mal prendido le dejó sin parte de un dedo; seguro que
cada vez que se santigua, recuerda esa ocasión. También aquí nuestros canteros le
cavaron la correspondiente cueva en los gruesos muros de una cantera.
Pero si nuestros canteros están unidos a estas dos imágenes, más vinculación aún
tienen con la de la patrona de las dos barriadas de La Montaña, Nuestra Señora de
Fátima, que nos acompaña desde el año 1953 y que también costó lo suyo que
pudiera tener para su propia iglesia. El amigo Isidro Pérez Guillén, uno de los
primeros organizadores de las fiestas, me recordaba que los cantos para construirla
los sacaron de la pedrera de Los Aguilares. Habían cinco cuadrillas, y don
Francisco Hernández Benítez, el cura de la ciudad, comprometía a todos ellas a
aportar diecisiete cantos cada una, semanalmente, para la iglesia. Ahora esta
imagen permanece relegada en un rincón de su sacristía. Desde esta tribuna, vuelvo
a hacer una llamada a quien corresponda. Ojala las casi dos mil firmas recogidas
sean capitaneadas con valentía por el nuevo párroco don Vito, a fin de que la
verdadera figura de Nuestra Señora de Fátima vuelva al sitio que le corresponde.
Reconozco que estas cosas ponen a más de uno incómodo, pero soy de las
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