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“Consideramos el hecho de reglamentar la publicación de las encuestas o sondeos como
una medida indispensable para impedir las manipulaciones políticas groseras,
aunque no se toque la cuestión esencial de los efectos más sutiles e
inconscientes.”
Estremece escuchar de parte de un diputado de la nación la insinuación de que las
encuestas tienen “efectos más sutiles e inconcientes” sobre los electores y que la ley que
propone no puede “tocar la cuestión esencial”. La próxima será, lisa y llanamente
prohibir la realización de tan nefasta herramienta de dominación social.
Este discurso, para decirlo suavemente , Stalinista, surge del temor de escuchar a la
gente a través de la encuesta. Se basa en viejo prejuicio racionalista de que la gente es
manipulable fácilmente y que yo, como legislador, debo protegerla de los
manipuladores…
8. Los encuestadores han aceptado un juego en el que muchos de ellos aparecen ahora
como villanos, comprados por su cliente. Cada uno de ellos sabrá como salir de la
encerrona. Yo propongo subir los grados de modestia, bajar los de soberbia, recordar a
Popper y su reconocimiento de la ignorancia y la provisionalidad de nuestras hipótesis.
No tendremos más ventas cuanto más soberbios se nos perciba, sino cuanto más
cercanos a la verdad sean nuestros resultados, incluso cuando esa verdad afecte
negativamente a nuestro cliente.
9. Los ingenieros sociales creen que deben seguir legislando para proteger al pueblo…de
las encuestas. Y están haciendo bien su trabajo: crece la desconfianza en las encuestas,
los columnistas relacionan la degradación del INDEC con la pérdida de credibilidad de
las encuestas, se afirma cotidianamente que todos los encuestadores están pagados para
deformar los datos, etc. Dentro de poco, quizás, los encuestadores entremos en círculo
de los sospechosos.
10. Se le pide a las encuestas predecir el futuro, pero se desconoce, en cambio, que son
formidables herramientas para analizar el presente. Las regularidades, las correlaciones
entre factores y decisiones, los comportamientos de compra, la elección entre pares, el
trade-off, la jerarquización, se ofrecen como herramientas aptas para comprender la
verdad social, repartida en millones de individuos. Una vez que el mercado se expresa
(vetando un producto, prefiriendo aquel servicio, votando a ese partido, prefiriendo ese
canal de TV) solo la encuesta puede indagar sobre las condiciones y el peso de factores
en la toma de decisión expost. Es increíble que los economistas, tan ávidos de formuleo
abstracto, aplicable solo en situaciones de certidumbre y equilibrio, no estudien con esa
herramienta los ciclos de demanda, como funcionan en la práctica los sistemas de
preferencia de los consumidores y tantas otras cuestiones centrales del comporta miento
económico. Sabemos que los precios no son efecto de los costos sino de las preferencias
de la demanda. ¿Y quien estudia mejor la demanda que la encuesta?
La encuesta es una formidable herramienta para comprender los sistemas de valores de
una sociedad, su sistema de preferencias, sus prioridades, sus demandas. Ese es el valor
científico de la encuesta y no solamente el arte de acertar los resultados de la próxima
elección.
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